|
Unas
1.500 personas estuvimos viajando en tren varios días con sus
correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80. Todos teníamos que
tendernos encima de nuestro equipaje, lo poco que os quedaba de nuestras
pertenencias. Los coches estaban tan abarrotados que sólo quedaba libre la
parte superior de las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del
amanecer. Todos creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica de
municiones en donde os emplearían como fuerza salarial. No sabíamos dónde
os encontrábamos ni si todavía estábamos en Silesia o ya habíamos entrado
en Polonia. El silbato de la locomotora tenía un sonido misterioso, como
si enviara un grito de socorro en conmiseración del desdichado cargamento
que iba destinado a la perdición. Entonces el tren hizo una maniobra, nos
acercábamos sin duda a una estación principal. Y, de pronto, un grito se
escapó de los angustiaos pasajeros: "¡Hay una señal, Auschwitz!" Su solo
nombre evocaba todo lo que hay de horrible en el mundo: cámaras de gas,
hornos crematorios, matanzas indiscriminadas. El tren avanzaba muy
despacio, se diría que estaba indeciso, como si quisiera evitar a sus
pasajeros, cuanto fuera posible, la atroz constatación: '¡Auschwit!
El hombre en busca
de sentido, ed. Herder, Barcelona, 1979
|