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En la polémica entre Primo Levi y Jean Améry, surgida a raíz del
revisionismo histórico al que fueron sometidos los horrores del nazismo,
hiela la sangre pensar en la actitud adoptada por el autor italiano,
partidario, por supuesto, de someter a la justicia a los responsables del
exterminio y de las atrocidades cometidas en los campos de concentración,
pero al mismo tiempo de reflexionar sobre las causas que llevaron a
Alemania a convertirse en verdugo impío y de intentar emprender un camino
de reconciliación. Pone los pelos de punta tanta grandeza por parte de
Primo Levi, un superviviente de Auschwitz, a donde fue deportado en 1943,
por pertenecer a la resistencia antifascista italiana, donde fue sometido
a las salvajadas propias de aquel infernal lugar durante dos años y de
donde fue liberado por el Ejército Rojo, en 1945, para iniciar una larga y
kafkiana odisea por los países de la Europa del Este hasta poder regresar
a Turín, su ciudad natal.
No es extraño que Jean Améry, también superviviente de Auschwitz, lo
tildara despectivamente de "el perdonador" a raíz de la citada polémica.
Es difícil dilucidar las razones que llevan a algunos hombres a adoptar
una actitud generosa con sus verdugos y a otros no. Es más, quizá no se
trate de razones, sino de maneras de ser y de sentir, conformadas tanto
por la naturaleza como por la formación. Eso es, al menos, lo que se
intuye leyendo este volumen titulado La búsqueda de las raíces, una
antología de textos pertenecientes a treinta autores que Primo Levi reunió
por encargo del editor Giulio Bollatti, en 1980.
El encargo, destinado a la lectura de estudiantes de enseñanza
obligatoria, tenía por objeto que del conjunto de textos seleccionados
surgiera una suerte de retrato del autor que los hubiera elegido, y fue
hecho también a otros autores (a Italo Calvino, a Leonardo Sciasca, a
Paolo Volponi, entre otros), que aceptaron el encargo con entusiasmo pero
que luego no cumplieron. Sí lo hizo Primo Levi y, según cuenta en el
prólogo del volumen, con bastante rapidez, ya que "tengo la costumbre de
colocar mis libros preferidos, independientemente de su tema o época, en
un mismo estante, todos profusamente subrayados en aquellos pasajes que
amo releer: de este modo, no he tenido que trabajar en exceso".
El retrato de Primo Levi (Turín, 1919-1987) que dibuja esta selección de
textos es el de un hombre que pudo sobrevivir al horror gracias a un
talante muy peculiar, ecléctico, generoso, racional y rebosante de
sensatez, de ironía y de sentido del humor. Rasgos que se corresponden
perfectamente con las características de los autores representados en su
antología. Una antología que, en primer lugar, muestra la doble faceta de
Levi, como hombre científico (estudió química en la Universidad de Turin y
siempre desempeñó trabajos acordes con esta disciplina) y hombre de
letras, a los que hay que añadir el hombre ético, el ciudadano
comprometido con los avatares del mundo que le rodea y con el destino de
una humanidad sojuzgada (no olvidemos que estamos hablando del autor de Si
esto es un hombre, La tregua y, entre otros títulos, Los hundidos y los
salvados, testimonios de su experiencia de los campos nazis).
Al profundo conocimiento, en su propia carne, de que el hombre sufre
injustamente (el volumen se inicia con un fragmento del Libro de Job y
este sentimiento de impotencia ante el castigo inmerecido pero
insoslayable está reforzado, entre otras, por muestras de Asesinato en la
catedral, de T. S. Eliot, y por El jinete a caballo, un relato de Isaac
Babel), Primo Levi opone la "salvación de la risa" (la comicidad vitalista
de Rabelais, con su Pantagruel; la piedad escondida bajo la risa de los
versos de Giuseppe Belli, poeta del siglo XIX, o la feroz sátira de Swift)
y "la salvación del saber" a través de la ciencia (Lucrecia Caro, el poeta
materialista que buscaba una explicación racional de la naturaleza;
Darwin, el atomismo de W. H. Bragg, la imaginación futurible de Arthur C.
Clarke), y la "salvación por la conciencia moral" (Conrad, Saint-Exupéry,
Rigoni Stern o Paul Celan).
Cada uno de los treinta textos seleccionados está precedido por una breve
presentación de su autor escrita por el propio Primo Levi. Cada uno de
esos "prologuillos" son una pieza exquisita que, en su conjunto,
justifican la lectura del libro. En el de Por qué no somos felices, de
Bertrand Russell, Primo Levi escribe: "El filósofo enumera, con
indulgencia pero con su habitual precisión, las muchas maneras absurdas
que adoptamos para volvernos gratuitamente infelices... Russell pretende
demostrarnos que los problemas eternos, no sólo del conocimiento, sino
también del qué hacer, son accesibles a nuestra razón. Es un buen amigo:
nos dice que la condición humana es miserable, pero que resulta ocioso
demorarse en compadecerla, y obligatorio dedicarse a mejorarla". Estas
palabras, escritas por un hombre que se quitó la vida, impresionan de
veras.
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