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Primo
Levi había caído enfermo de escarlatina. El 11 de enero es trasladado
a la enfermería. Siete días después, el 18 de enero de 1945, por la
noche, los nazis hicieron trasladar a los cerca de veinte mil
prisioneros en mejor estado hacia el interior de Alemania. Las tropas
soviéticas amenazaban con tomar Auschwitz en breves horas. De aquella
marcha terrible, por la nieve y con temperaturas bajo cero, sobrevivió
una minoría. Fue una forma más de provocar la muerte del prisionero.
Varios cientos de prisioneros
enfermos quedaron en Auschwitz entre la incertidumbre de la espera de
los soldados soviéticos, el hambre y el pánico a que volvieran los SS.
Durante los diez días que van desde el 18 al 27 de enero, día en que
apareció la primera patrulla de reconocimiento soviética, Levi se
encuentra entre la vida y la muerte. Asiste, con las pocas fuerzas que
le quedan y en unión de unos camaradas en su misma situación, a los
demás enfermos más graves. Ve cómo poco a poco van falleciendo por el
frío, el abandono y el deterioro generalizado.
El capítulo final de su
libro, precisamente titulado, Historia de diez días, cuenta esa
epopeya humana, la de la entrega del hombre por salvar a otro
congénere. Primo, junto con sus camaradas franceses Charles y Arthur,
trabajan por sobrevivir y por mantener con vida a los demás enfermos.
Entresacamos un breve fragmento de esa historia, la del día 26 de
enero, víspera de la liberación. Conviene subrayar la actualidad de
estas líneas al hablar de la facilidad técnica para matar en la guerra
y la incapacidad del hombre por sobrevivir a la destrucción.
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26 de enero. Yacíamos en un mundo
de muertos y de larvas. La última huella de civismo había desaparecido
alrededor de nosotros y dentro de nosotros. La obra de bestialización de
los alemanes triunfantes había sido perfeccionada por los alemanes
derrotados.
Es hombre quien mata, es hombre
quien comete o sufre injusticias; no es hombre quien, perdido todo recato,
comparte la cama con un cadáver. Quien ha esperado que su vecino
terminase de morir para quitarle un cuarto de pan, está, aunque sin culpa
suya, más lejos del hombre pensante que el más zafio pigmeo y el sádico
más atroz.
Parte de nuestra existencia
reside en las almas de quien se nos aproxima: he aquí por qué es
no-humana la experiencia de quien ha vivido días en que el hombre ha sido
una cosa para el hombre. Nosotros tres fuimos en gran parte inmunes, y nos
debemos por ello mutua gratitud; es por eso por lo que mi amistad con
Charles resistirá al tiempo.
Pero a miles de metros sobre
nosotros, en los desgarrones que hay entre las nubes grises, se
desarrollaban los complicados milagros de los duelos aéreos. Sobre
nosotros, desnudos, impotentes, inermes, unos hombres de nuestro tiempo
procuraban su muerte recíproca con los más refinados instrumentos. El
gesto de uno de sus dedos podía provocar la destrucción del campo
entero, aniquilar a millares de hombres; mientras la suma de todas
nuestras energías y voluntades no habría bastado para prolongar ni un
minuto la vida de uno solo de nosotros, |