El hambre

 

 

El hambre llega a convertirse en el principal problema de un internado. El régimen alimenticio, diseñado y planificado hasta el último detalle, se basaba en una sopa de nabos reforzada por la noche con un trozo de pan con margarina, a veces algo de fiambre en regulares condiciones. Con ese alimento, si así se le puede llamar, era muy difícil que sobreviviera una persona después de algunos meses. Suplementar esa dieta será la obsesión diaria de cada prisionero. Por un cazo más de sopa, por una pieza de pan, se podrá hacer casi de todo. Las fotos existentes muestran las condiciones físicas en que lograron sobrevivir los que llegaron hasta la liberación de los campos.

Primo Levi realiza una comparación original entre la máquina excavadora y el hambre del preso. A una se le daba toda la tierra para devorar, al otro no se le daba nada. 

 

¿Pero cómo no podría pensarse en no tener hambre? El Lager es el hambre: nosotros somos el hambre, un hambre viviente.

Más allá de la carretera está funcionando una excavadora. Su cesta, suspendida de los cables, abre las mandíbulas dentadas, se queda un momento como dudando en la elección, luego se lanza sobre la tierra arcillosa y blanda y la muerde vorazmente, mientras de la cabina de mando sale un bufido satisfecho de humo blanco y denso. Luego se alza, gira a medias, vomita por la trasera el bocado de que está cargada y vuelve a empezar.

Apoyados en las palas, nos quedamos mirándola fascinados. A cada mordisco de la cesta las bocas se cierran, las nueces suben y bajan miserablemente en las gargantas, visibles bajo la piel fláccida. No conseguimos sustraernos al espectáculo de la comida de la excavadora.

Sigi tiene diecisiete años y es el más hambriento aunque recibe cada tarde un poco de potaje que le da un protector suyo, verosímilmente no desinteresado. Había empezado a hablar de su casa de Viena y de su madre, pero luego ha pasado al tema de la cocina y ahora nos habla sin parar de no sé que banquete de bodas y recuerda, con verdadero desconsuelo, que no terminó el tercer plato de potaje de habas. Todos lo mandan callar, y no han pasado diez minutos cuando Bela nos describe su campiña húngara, y los campos de maíz, y una receta para hacer polenta dulce con maíz tostado, y manteca, y especias, y...  y lo insultan, lo maldicen, y hay otro que empieza a contar...

¡Qué débil es la carne! Yo me doy perfecta cuenta de cuán vanas son estas imaginaciones del hambre, pero no puedo sustraerme a la ley común, y ante los ojos me baila la pasta asciutta que acabamos de hacer Vanda, Luciana, Franco y yo, en Italia, en el campo de espera, cuando nos dieron la noticia repentina de que al día siguiente teníamos que salir para venir aquí; y estábamos comiéndola (estaba tan buena, amarilla, sólida) y la dejamos, necios de nosotros, insensatos: ¡si hubiésemos sabido! Y si ocurriese otra vez... Absurdo; si hay una cosa segura en el mundo es ésta: que no nos sucederá otra vez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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