Un ahorcamiento

 

 

Dentro del funcionamiento interno del campo el castigo era uno de los medios utilizados por los nazis para mantener la disciplina y la sumisión. Las palizas, encierros, marchas y otros procedimientos  hacían que los prisioneros temiesen su autoridad. La pena de muerte se aplicaba con total impunidad y completa libertad por el que mandaba. Cuando se trataba de matar como castigo la pena se convertía en un instrumento de "ejemplaridad" ante el resto de los deportados. De esa forma se amenazaba con la idea del "luego puedes ser tú".

El ahorcamiento que describe Levi está relacionado con las consecuencias punitivas tras la rebelión del Sonderkommando de Auschwitz. Este Kommando Especial, a finales de 1944, compuesto de varios cientos de presos judíos, previendo su aniquilación física por los nazis, decidió amotinarse. Los detalles de la rebelión no se conocen dado que no hubo ningún superviviente. Sabemos ue el crematorio IV fue incendiado y volado y que durante un espacio de tiempo tuvieron en jaque a los SS. Finalmente, con refuerzos de otras unidades, la rebelión fue sofocada, todos sus participantes exterminados y, posteriormente, los colaboradores y otros integrantes de la red clandestina de defensa fueron asesinados. Uno de ellos puede ser éste al que se refiere Levi en este fragmento.

 

Durante más de una hora las escuadras han estado llegando, con el pataleo duro de las suelas de madera sobre la nieve helada. Una vez que todos los Kommandos han vuelto, la banda se ha parado de golpe, y una ronca voz alemana ha impuesto silencio. De la improvisada quietud se ha levantado otra voz alemana, y en el aire oscuro y enemigo ha hablado durante mucho tiempo coléricamente. En fin, el condenado ha sido metido en el haz de luz del faro.

Todo este aparato, y este encarnizado ceremonial, no son nuevos para nosotros. Desde que estoy en el campo he tenido que asistir a trece ahorcaduras públicas; pero las otras veces se trataba de delitos comunes, hurtos en la cocina, sabotajes, tentativas de fuga. Hoy se trata de otra cosa.

El mes pasado, uno de los crematorios de Birkenau ha sido echo saltar por los aires. Ninguno de nosotros sabe (y tal vez no lo sepa nunca) cómo ha sido exactamente realizada la empresa: se habla del Sonderkommando del Kommando Especial adscrito a las cámaras de gas y a los hornos, el cual viene siendo periódicamente exterminado, y que es mantenido escrupulosamente segregado del esto de campo. Lo que es cierto es que en Birkenau un centenar de hombres, de esclavos inermes y débiles como nosotros, han sacado de sí mismos la fuerza necesaria para actuar, para madurar los frutos de su odio.

El hombre que va a morir hoy entre nosotros ha tomado parte de algún modo en la revuelta. Se dice que mantenía relaciones con los insurrectos de Birkenau, que ha llevado armas de nuestro campo, que estaba tramando un amotinamiento simultáneo también entre nosotros. Morirá hoy bajo nuestras miradas: y quizás los alemanes  no comprendan que la muerte solitaria, la muerte de hombre que le ha sido reservada, le servirá de gloria y no de infamia.

Cuando terminó el discurso del alemán, que nadie pudo entender, de nuevo se elevó la primera voz ronca: «Habt ihr verstanden?»(¿Lo habéis entendido?).

¿Quién respondió "Jawohl"? Todos y ninguno: fue como si nuestra maldita resignación tomase cuerpo de por sí, se hiciese voz colectivamente por cima de nuestras cabezas. Pero todos oyeron el grito del moribundo, éste traspasó las gruesas y antiguas barreras de inercia y de sumisión, golpeó el centro vivo del hombre en cada uno de nosotros:

-  Kamaraden, ich bin der Letze (¡Compañeros, yo soy el último!)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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