Los hundidos y los salvados

 

 

Con el término "los hundidos y los salvados", Levi resume una verdadera antropología social del campo. Los hundidos serían esas personas que no van a sobrevivir, incapaces de superar las adversidades de un ambiente tan hostil. El punto máximo serán los musulmanes, las criaturas convertidas en alienadas de sí mismas, donde la supervivencia ya es una asignatura pasada y donde su futuro perceptible es la muerte: ellos son ya la muerte. El otro extremo, el de los salvados, lo componen toda esa fauna humana que, de una manera u otra, recurriendo a la astucia o a la violencia, a la inteligencia o a la fuerza dominante, sobrevivirán en medio de esa selva.

 

 
En el Lager la lucha por la supervivencia no tiene remisión porque cada uno está desesperadamente, ferozmente solo. Si un tal Null Achtzehn vacila, no encontrará quien le eche una mano; encontrará más bien a  alguien que le eche aun lado, porque nadie está interesado en que un "musulmán" más se arrastre, cada día al trabajo: y si alguno, mediante un prodigio de salvaje paciencia y astucia, encuentra una nueva    combinación para escurrirse del trabajo más duro, un nuevo arte que le rente  unos gramos más de pan, tratará de mantenerla en secreto, y por ello será estimado y respetado, y le producirá  un beneficio personal y exclusivo;  será más fuerte, y será temido por ello, y quien es temido es, ipso facto, un candidato a sobrevivir.

En la historia y en la vida, parece a veces discernirse una ley feroz que reza: «a quien tiene, le será dado; a quien no tiene, le será quitado». En el Lager, donde el hombre está solo y la lucha por la vida se reduce a  su mecanismo primordial, esta ley inicua está abiertamente en vigor, es reconocida por todos. Con los adaptados, con los individuos fuertes y astutos, los mismos jefes mantienen con gusto relaciones, a veces casi de camaradas, porque tal vez esperan obtener más tarde alguna utilidad. Pero a los "musulmanes", a los hombres que se desmoronan, no vale la pena dirigirles la palabra porque ya se sabe que se lamentarán y contarán lo que comían en su casa. Vale menos aún la pena hacerse amigo suyo, porque no tienen en el campo amistades ilustres, no comen nunca     raciones extras, no trabajan en Kommandos ventajosos y no conocen ningún modo secreto de organizarse. Y, finalmente, se sabe que están aquí de paso y que dentro de unas semanas no quedará de ellos más que un puñado de cenizas en cualquier campo no lejano y, en un registro, un número de matrícula vencido. Aunque englobados y arrastrados sin descanso por la muchedumbre innumerable de sus semejantes, sufren y se arrastran en una opaca soledad íntima, y en soledad mueren o desaparecen, sin dejar rastros en  la memoria de nadie.

El resultado de este despiadado proceso de selección natural habría podido leerse en las estadísticas del movimiento de los Lager. En Auschwitz, en el año 1944, de los prisioneros judíos veteranos (de los otros no hablaré aquí porque sus condiciones eran diferentes), «kleine Nummer», números bajos inferiores  al ciento cincuenta mil, pocos centenares sobrevivían:  ninguno de éstos era un vulgar Häftling, que vegetase en los Kommandos vulgares y recibiese la ración normal. Quedaban solamente los médicos, los sastres, los zapateros remendones, los músicos, los cocineros, los jóvenes homosexuales atractivos, los amigos y paisanos de alguna autoridad del campo; además de individuos particularmente crueles, vigorosos e inhumanos, instalados (a consecuencia de la investidura  por parte del comando de los SS, que en tal sección demostraban poseer un satánico conocimiento de la humanidad) en  los cargos de Kapo, de Blockältester u otros; y, en fin, los que, aunque sin desempeñar funciones especiales, siempre habían logrado, gracias a su astucia y energía, organizarse con éxito, obteniendo así, además de ventaja material y reputación, la indulgencia y estima de los poderosos del campo. Quien no sabe convertirse en un Organisator, Kombinator, Prominent (¡atroz elocuencia de los términos!) termina pronto en «musulmán». Un tercer camino hay en la vida, donde es más bien la norma; no lo hay en el campo de concentración.

Sucumbir es lo más sencillo: basta cumplir órdenes que se reciben, no comer más que la ración, atenerse a la disciplina del trabajo y del campo. la experiencia ha demostrado que, de este modo, sólo excepcionalmente se puede durar más de tres meses.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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