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Al
salir del Lager, ante la banda de música y el puesto de conteo de los
SS, se marcha en filas de cinco, con la gorra en la mano, los brazos
colgando inmóviles a lo largo de os costados y el cuello tieso, y no se
debe hablar. Después se va en formación de tres, y entonces se puede
tratar de cambiar algunas palabras a través del repiqueteo de los diez
mil pares de zuecos de madera.
¿Quiénes son estos químicos compañeros míos? Junto a mí camina
Alberto, es estudiante de tercer año, también esta vez ha logrado que
no nos separemos. Al tercero a mi izquierda no lo he visto nunca, parece
muy joven, es pálido como la cera, tiene el número de os holandeses.
También las tres filas delante de mí son nuevas. Detrás, es peligroso
volverse, podría perderse el paso y tropezar; pero pruebo durante un
momento, he visto la cara de Iss Clausner.
Mientras se anda no hay tiempo de pensar, hay que tener cuidado de no
sacarle los zuecos al que cojea delante y de no hacérselos sacar uno
por el que renquea detrás; e vez en cuando hay un cable que salvar, un
charco viscoso que evitar. Sé dónde estamos, por aquí ya he pasado
con mi Kommando anterior, es la H-Strasse, la calle de los
almacenes. Se lo digo a Alberto: vamos de verdad al Cloruro de Magnesio,
por lo menos esto no ha sido un cuento.
Hemos llegado, bajamos a un vasto sótano húmedo y lleno de
corrientes de aire; ésta es la sede del Kommando, la que aquí
se llama Bude. El Kapo nos divide en tres escuadras;
cuatro para descargar los sacos del vagón, siete para traerlos
abajo, cuatro para apilarlos en el almacén. Estos últimos somos
yo, Alberto, Iss y el holandés.
Por fin se puede hablar, y a cada uno de nosotros lo que ha dicho
Alex nos parece el sueño de un loco.
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