La primera selección

 

La selección podía significar la muerte en el plazo de horas. Por selección entendemos un procedimiento regulado por los nazis y según el cual a la llegada de un convoy a la estación del campo, cuando los deportados bajaban al andén, éstos eran observados por especialistas nazis, a veces examinados más detenidamente, y a instancias de éstos pasaban a un grupo o a otro, a un lugar del andén o a otro. Este procedimiento, que el detenido no podía conocer, marcaba el destino de aquellos que iban directamente a la cámara de gas y de aquellos otros que, afortunadamente, eran destinados a trabajos forzados y, en consecuencia, podían sobrevivir como internos en el campo. Este momento es también un tema repetido en la literatura de la deportación nazi. Hoy podemos contar cómo funcionaba y para qué servía. Lo trágico es pensar en aquellas inocentes personas que, ignorantes de su destino, no podían sospechar lo que significaba para ellos caer en un lado o en otro del andén.

Así relata Levi aquella experiencia inefable. Hay que anotar su estilo, directo, objetivo,  y cómo extrae una de las características del trabajo de los nazis: la rutina, la mecánica de un oficio, el de matar en masa.

 

 
Nos soltaron de repente. Abrieron el portón con estrépito, la oscuridad resonó con órdenes extranjeras, con esos bárbaros ladridos de los alemanes cuando mandan, que parecen dar salida a una rabia secular. Vimos un vasto andén iluminado por reflectores. Un poco más allá, una fila de autocares. Luego, todo quedó de nuevo en silencio. Alguien tradujo: había que bajar con el equipaje, dejarlo junto al tren. En un momento el andén estuvo hormigueante de sombras: pero teníamos miedo de romper el silencio, todos se agitaban en torno a los equipajes, se buscaban, se llamaban  unos a otros, pero tímidamente, a media voz.

Una decena de SS estaban a un lado con aire indiferente, con las piernas abiertas. En determinado momento empezaron a andar entre nosotros y, en voz baja, con rostros de piedra, empezaron a interrogarnos rápidamente, uno a uno, en mal italiano. No interrogaban a todos, sólo a algunos. «¿Cuántos años? ¿sano o enfermo?» y según la respuesta nos señalaban dos direcciones diferentes.

Todo estaba silencioso como en un acuario, y como en algunas escenas de los sueños. Esperábamos algo más apocalíptico y aparecían unos simples guardias. Era desconcertante y desarmante. Hubo alguien que se atrevió a preguntar por las maletas: contestaron «maletas después»; otro no quería separarse de su mujer: dijeron «después otra vez juntos»; muchas madres no querían separarse de sus hijos: dijeron «bien, bien, quedarse con hijo». Siempre con la tranquila seguridad de quien no hace más que su oficio de todos los días; pero Renzo se entretuvo un instante de más al despedirse de Francesca, que era su novia, y con un solo golpe en mitad de la cara lo tumbaron en tierra; era su oficio de cada día.

En menos de diez minutos todos los que éramos hombres útiles estuvimos reunidos en un grupo. Lo que fue de los demás, de las mujeres, de los niños, de los viejos, no pudimos saberlo ni entonces ni después: la noche se los tragó, pura y simplemente. Hoy sabemos que con aquella selección rápida y sumaria se había decidido de todos y cada uno de nosotros si podía trabajar útilmente para el Reich; sabemos que en los campos de Buna-Monowitz y Birkenau no entraron, de nuestro convoy, más que noventa y siete hombres y veintinueve mujeres y que de todos los demás, que eran más de quinientos, ninguno estaba vivo dos días más tarde. Sabemos también que por tenue que fuese no siempre se siguió este sistema de discriminación entre útiles e improductivos y que más tarde se adoptó con frecuencia el sistema más simple de abrir los portones de los vagones, sin avisos ni instrucciones a los recién llegados. Entraban en el campo los que el azar hacía bajar por un lado del convoy; los otros iban a la cámara de gas.

Así murió Emilia, que tenía tres años; ya que a los alemanes les parecía clara la necesidad histórica de mandar a la muerte a los niños de los judíos. Emilia, hija del ingeniero Aldo Levi de Milán, que era una niña curiosa, ambiciosa, alegre e inteligente a la cual, durante el viaje en el vagón atestado, su padre y su madre habían conseguido bañar en un cubo de zinc, en un agua tibia que el degenerado maquinista alemán había consentido e sacar de la locomotora que nos arrastraba a todos a la muerte.

Desaparecieron así en un instante, a traición, nuestras mujeres, nuestros padres, nuestros hijos. Casi nadie pudo despedirse. Los vimos un poco de tiempo después como una masa oscura en el otro extremo del andén, luego ya no vimos nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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