El trabajo

 

Auschwitz fue, dentro de las categorías de  campos establecidas por los nazis, una instalación mixta, destinada por un lado a la muerte masiva de judíos y, por otro, dotada de una función productiva de guerra.

Auschwitz-Buna, como  Dachau, Mathausen y otros campos, simboliza la resurrección del trabajo esclavo. El hombre deportado es una simple fuente de energía capaz de realizar una tarea , aunque a veces ésta sea absurda, inútil o simplemente carente de valor productivo. Lo importante para el nazismo era asistir al espectáculo de miles de esclavos trabajando sometidos al poder del amo. Se trata de provocar un desgaste físico sostenido de tal modo que sólo los más fuertes sobrevivan. Así, en Auschwitz se trabajaba para producir caucho pero sobre todo como un sistema de selección para la muerte masiva. Por eso se puede hablar de trabajo para la muerte .

 

 
Al llegar al tajo, nos llevaron a la Eisenröhreplatz, que es la explanada donde se descargan los tubos de hierro, y empezaron a suceder las cosas acostumbradas de todos los días. El kapo volvió a pasar lista, apuntó al nuevo y se puso de acuerdo con el Meister civil sobre el trabajo del día. Después, nos confió al Vorarbeiter y se fue a dormir a la caseta de las herramientas, cerca de la estufa; éste no es un Kapo molesto, porque no es judío y no tiene miedo a perder el puesto. El Vorarbeiter distribuyó las palancas de hierro entre nosotros y los gatos entre sus amigos; se desarrolló la pequeña lucha acostumbrada por conquistar las palancas más ligeras, y a mí me ha ido mal, la mía ha sido la torcida, que pesa unos quince kilos; sé que, aunque trabajase con ella en el vacío, media hora más tarde estaría muerto de cansancio.

Luego, nos fuimos, cada uno con su palanca, tropezando con la nieves en deshielo. A cada paso un poco de nieve y de fango se nos pegan a las suelas de madera hasta que andamos inestablemente sobre dos pesados amasijos informes de os que no podemos liberarnos; de repente, uno se despega y entonces es como si tuvieses una pierna un palmo más corta que la otra.

Hoy hay que descargar del vagón un enorme cilindro de hierro colado: creo que es un tubo de síntesis, debe de pesar varias toneladas. Para nosotros es mejor, porque es mucho menos lo que nos cansamos con las cargas grandes que con las pequeñas; en realidad el trabajo está más repartido y se nos dan herramientas adecuadas; pero estamos en peligro, no podemos distraernos, una distracción de un segundo y nos pueden aplastar.

Meister Nogalla en persona, el capataz polaco, tieso, serio y taciturno, ha vigilado la operación de descarga. Ahora el cilindro está en el suelo y Meister Nogalla dice: «Bohlen holen»

Se nos oprime el corazón. Quiere decir «traed las traviesas» para construir sobre el fango blando la vía sobre la que habrá que empujar el cilindro con las palancas hasta dentro de la fábrica. Pero las traviesas están hundidas en el terreno, y pesan ochenta kilos; se sitúan en el límite de nuestras fuerzas. Las más fuertes de nosotros pueden, trabajando en pareja, llevar traviesas durante algunas horas; para mí es una tortura, la carga se me hunde en el hueso del hombro, después del primer viaje estoy sordo y casi ciego por el esfuerzo, y cometería cualquier bajeza para sustraerme al segundo.

Voy a intentar emparejarme con Resnyk, que parece un buen trabajador, y además, como es alto, tendrá que soportar la mayor parte del peso. Sé que lo normal es que Resnyk me rechace con desprecio y se empareje con otro individuo fuerte; entonces pediré permiso para ir a la letrina, y me quedaré allí lo más posible, y luego intentaré esconderme con la seguridad de que inmediatamente me encontrarán, me insultarán y me pegarán; pero cualquier cosa es mejor que el trabajo.

Pero no: Resnyk acepta, y no solamente eso sino que levanta él solo la traviesa y me la apoya en el hombro derecho con cuidado; luego levanta el otro extremo, se lo pone sobre el hombro izquierdo y echamos a andar.

La traviesa tiene pegados nieve y barro, a cada paso me golpea la oreja y la nieve me da en el cuello. Después de una cincuentena de pasos, me siento en el límite de lo que suele llamarse la capacidad de aguante: se me doblan las rodillas, el hombro me duele como si me lo estuviesen mordiendo, no puedo aguantar el equilibrio. A cada paso siento que el fango ávido me chupa los zapatos, este fango polaco omnipresente cuyo monótono horror llena nuestras jornadas.

Me muerdo los labios profundamente: sabemos bien que el ocasionarse un pequeño dolor sirve de estimulante para poner en movimiento las últimas reservas de energía. También lo saben los kapos: algunos nos golpean por pura bestialidad y violencia, pero hay otros que nos golpean cuando estamos ya bajo la carga, casi amorosamente, acompañando los golpes con palabras de exhortación y de ánimo, como hacen los carreteros con los buenos caballos.

Llegados al cilindro, descargamos la traviesa y yo me quedo rígido, con los ojos vacíos, la boca abierta y los brazos colgando, sumido en el éxtasis efímero y negativo del cese del dolor. En un crepúsculo de agotamiento, espero el empujón que me haga volver al trabajo, e intento aprovechar cada segundo de la espera para  recobrar algo de energía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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