|
Por
lo general los detenidos en guetos y campos provisionales fueron
trasladados hacia los campos de exterminio en tren. El sistema de los
ferrocarriles alemanes, y los de los otros países ocupados por los
nazis, se pusieron al servicio de esa operación. Cientos de
miles de personas fueron transportadas, en pocos días, desde su
encierro hasta su exterminio. El relato de este viaje, desesperante y
agotador que hizo que muchas personas murieran en el mismo, es uno de
los lugares comunes más repetidos en la literatura testimonial acerca
de esta experiencia.
Primo Levi
cuenta de forma escueta, casi telegráfica, los detalles de este
periplo. Fijémonos en cómo marca la cronología, cómo expone las
características de los vagones y de qué manera tan patética nos
sitúa ante la llegada a Auschwitz, "extinguido todo rumor
humano".
|
|
|
Los
vagones eran doce, y nosotros seiscientos cincuenta; en mi vagón
éramos sólo cuarenta y cinco, pero era un vagón pequeño. Aquí
estaba, ante nuestros ojos, bajo nuestros pies, uno de los famosos
trenes de guerra alemanes, los que no vuelven, aquellos de los cuales,
temblando y siempre un poco incrédulos, habíamos oído hablar con
tanta frecuencia. Exactamente así, punto por punto: vagones de
mercancías, cerrados desde el exterior, y dentro hombres, mujeres,
niños, comprimidos sin piedad, como mercancías en docenas, en un viaje
hacia la nada, en un viaje hacia allá abajo, hacia el fondo. Esta vez,
dentro íbamos nosotros.[...]
Fueron las incomodidades, los golpes, el frío, la sed, lo que nos
mantuvo a flote sobre una desesperación sin fondo, durante el viaje y
después. No el deseo de vivir, ni una resignación consciente: porque
son pocos los hombres capaces de ello y nosotros no éramos sino una
muestra de la humanidad más común.
Habían cerrado las puertas en seguida pero el tren no se puso en
marcha hasta por la tarde. Nos habíamos enterado con alivio de nuestro
destino. Auschwitz: un nombre carente de cualquier significado entonces
para nosotros pero que tenía que corresponder a un lugar de este mundo.
El tren iba lentamente, con largas paradas enervantes. Desde la
mirilla veíamos desfilar las altas rocas pálidas del valle del Ádige,
los últimos nombres de las ciudades italianas. Pasamos el Breno a las
doce del segundo día y todos se pusieron en pie pero nadie dijo una
palabra. Yo tenía en el corazón el pensamiento de la vuelta, y se me
representaba cruelmente cuál debería ser la sobrehumana alegría de
pasar por allí otra vez, con unas puertas abiertas por donde ninguno
desearía huir, y los primeros nombres italianos... y mirando a mi
alrededor pensaba en cuántos, de todo aquel triste polvo humano,
podrían estar señalados por el destino.
Entre las cuarenta y cinco personas de mi vagón tan sólo cuatro han
vuelto a ver su hogar; y fue con mucho el vagón más afortunado.
Sufríamos de sed y frío: a cada parada pedíamos agua a grandes
voces, o por lo menos un puñado de nieve, pero en pocas ocasiones nos
hicieron caso; los soldados de la escolta alejaban a aquienes trataban
de acercarse al convoy. Dos jóvenes madres, con sus hijos todavía
colgados pecho, gemían noche y día pidiendo agua. Menos terrible era
para todos el hambre, el cansancio y el insomnio que la tensión y los
nervios hacían menos penosos: pero las noches eran una pesadilla
interminable.
Pocos son los hombres que saben caminar a la muerte con dignidad, y
muchas veces no aquéllos de quienes lo esperaríamos. Pocos son los que
caben callar y respetar el silencio ajeno. Nuestro sueño inquieto era
interrumpido frecuentemente por riñas ruidosas y fútiles, por
imprecaciones, patadas y puñetazos lanzados a ciegas para defenderse
contra cualquier contacto molesto e inevitable. Entonces alguien
encendía la lúgubre llama de una velita y ponía en evidencia, tendido
en el suelo, un revoltijo oscuro, una masa humana confusa y continua,
torpe y dolorosa, que se elevaba acá y allá en convulsiones
imprevistas súbitamente sofocadas por el cansancio.
Desde la mirilla, nombres conocidos y desconocidos de ciudades
austríacas, Salzburgo, Viena; luego checas, al final polacas. La noche
del cuarto día el frío se hizo intenso: el tren recorría
interminables pinares negros, subiendo de modo perceptible. Había nieve
alta. Debía de ser una vía secundaria, las estaciones eran pequeñas y
estaban casi desiertas. Nadie trataba ya, durante las paradas, de
comunicarse con el mundo exterior: nos sentíamos ya «del otro lado».
Hubo entonces una larga parada en campo abierto, después continuó la
marcha con extrema lentitud, y el convoy se paró definitivamente, de
noche cerrada, en mitad de una llanura oscura y silenciosa.
Se veían a los dos lados de la vía, filas de luces blancas y rojas
que se perdían a lo lejos; pero nada de ese rumor confuso que anuncia
de lejos los lugares habitados. A la luz mísera de la última vela,
extinguido el ritmo de las ruedas, extinguido todo rumor humano,
esperábamos que sucediera algo.
Junto a mí había ido durante todo el viaje, aprisionada como yo
entre un cuerpo y otro, una mujer. Nos conocíamos hacía muchos años y
la desgracia nos había golpeado a la vez pero sabíamos poco el uno del
otro. Nos contamos entonces, en aquel momento decisivo, cosas que entre
vivientes no se dicen. Nos despedimos, y fue breve; los dos al hacerlo,
nos despedíamos de la vida. Ya no teníamos miedo.
|